En el tejado

En el tejado

viernes, 10 de abril de 2015

Good night, Mr. ...

Fragmento de viñeta de la novela gráfica
'From Hell', de Alan Moore

El tintineo incesante que provocan las gotas, más o menos próximas, de una tubería me ha hecho abrir los ojos. Da igual. La oscuridad es tal que no acierto a saber si aún me hallo presa del sueño. Ni siquiera recuerdo cuándo ni cómo quedé en ese estado. La humedad del ambiente se palpa y mi agitada respiración permite adivinar un penetrante olor semejante al almizcle. Eso es lo que más noto: peste y dolor a partes iguales penetrándome las fosas.
Me encuentro aturdida. Diría que mareada, pero mi justificada ceguera no da tregua a las dudas. A medida que las pupilas se acostumbran al negro, va apareciendo el verde. Almizcle, gotas, exhalaciones y sombras verdes, dibujan un ambiente claustrofóbico. No recuerdo nada, ni siquiera la cara del último cliente de anoche.
Otra sensación me invade ahora. Frío. Mucho frío.
Parece que estoy sola, y pese a la calma que reina en mí, esa respiración no es mía. No, no lo es, porque no la manejo. En cambio, siento mis turgentes pechos alzándose con cada apresurado suspiro. Da la impresión de que mi propio peso me impide articular más músculos que los que suben desde mi cuello.
Poco a poco distingo formas, aunque torpemente. Apenas algún ladrillo descubierto en una pared sucia y mohosa.
Al girar mi nuca no puedo evitar soltar un leve gemido. He oído algo. Un arrastrar de zapatos sorpresivo, seguido del choque de pequeñas piezas, diría herramientas, metálicas.
El frío me invade de nuevo, pero esta vez de forma brusca, como desgarrando mi vientre. Un sonoro grito emergido de mi boca provoca un eco insondable y estremecedor. Ahora mis suspiros se acompañan de quejidos y marcan el paso del goteo.
-“Buenas noches, Milady. No esperaba que despertaseis con tanto cloroformo como os suministré. Para la próxima, ya sé que no es suficiente”. – Una voz rota de hombre inunda el aire. Me resultaba algo familiar. –“No os preocupéis, es normal el dolor que sentís. Acabará pronto”. –Sigue.
Quiero hacer mil preguntas, pero no me siento ni la lengua. El dolor es insuperable. -“Es una pena que vuestra belleza no se corresponda con vuestra falta de moral. Pero ahora estoy purgando esa innata suciedad que portáis. Es lo justo”. –Nuevamente.
Pero, ¿a qué se refiere? ¿De qué habla? Mis preguntas acaban de hallar respuesta. Un objeto metálico, un cuchillo tal vez, ha roto un eco que apagó el resto del sonido. Ahora otro más pegajoso, escurridizo, húmedo, choca contra el suelo. Me siento vacía, ligera, congelada e increíblemente débil.
Imágenes vertiginosas pasan ante mis ojos, al tiempo que se disipa cuanto adivinaba de mi alrededor, poblado de la sombra de aquel inquietante soliloquio hecho persona. Me acuerdo de mi madre, los juegos de niñez, las esquinas de Londres, la dolorosa rotura del virgo sin amor. La ausencia de amor. Eso es lo que más siento, pese a todos los que supuestamente gozaron de él conmigo. Incluido este bastardo que está consumiendo los últimos gramos de cera de la llama que aún preserva mi existencia.
No sé qué me ha hecho. No sé por qué. No recuerdo su nombre… Sin embargo, parece que un último castigo divino ha venido a sentenciarme antes de perder completamente la consciencia. En un postrero halo de lucidez, y exhalando el aliento que chamusca definitivamente el cirio de mi espíritu, acierto a susurrar su nombre en medio de aquel silencio obscuro: “JACK”