En el tejado

En el tejado

jueves, 7 de agosto de 2014

A una fiel compañera

Esas curvas que me privan,
me acompañan por las calles,
me desvelan mil detalles,
a los muertos los reaviva.

Qué haría yo sin tus caricias,
de susurros incorpóreos,
de latidos estentóreos,
callados como la brisa.

Perderían su sentido
los ensayos y la historia,
quedarían sin su gloria
vencedores y vencidos.

Serían menos los romances,
los sonetos y las liras;
los quintetos y sextillas
quedarían sin desenlace.

Qué haría Edipo sin Yocasta,
Calixto sin Melibea;
Don Quijote y Dulcinea
nos harían mucha falta.

Quién daría su sentido
y reflejo a la palabra,
logrando por fin plasmarla:
hay que estarle agradecido.

Sinuosa compañera,
tú que jamás abandonas
a escribanos y rapsodas,
por ser su fe verdadera,

continúa pregonando,
sin pausa, y sin mesura,
por medio de la escritura,
cuanto vayamos pensando.

Que sólo tú haces posible
que el milagro de la vida
se plasme en cuanto se escriba
y no sea inconcebible.


Ilustración de Álvaro Ontiveros