En el tejado

En el tejado

martes, 24 de junio de 2014

La huida

Riachuelos plagados de meandros se iban dibujando, sin ánimo de cesar, por el polvoriento cristal del ventanuco; semejantes a la inundación que, como se presagiaba con más intensidad en el ojo izquierdo que el derecho, acabaría poblando sus párpados, mientras goteras inalterables en un exterior cercano, se confunden con la rasante estela que agobia el aire de los campos.
Ramificaciones acuosas sin sentido, verticales, como latidos de sangre cristalina, era lo único que adivinaban sus pensamientos, concentrados en el gris vítreo que, sin embargo, arrojaba la insolente luz que enfocaba la estancia. Una buhardilla obscura, no muy descuidada, dibujando una estampa tenebrista que no barroca, a causa de la absoluta ausencia de ornato, en ese preciso instante.
Alumbrada, una silla sostiene a un hombre, quizá un muñeco, pero vestido, perfumado, afeitado y boquiabierto. Por la humedad de sus cuencas, a modo de lentes, contempla el -ahora- opaco vidrio.

Una cándida carcajada, asfixiada por el propio goce; unas botas enfangadas; un silencio eterno tras un disparo; unos ojos cerrados de mujer, en el instante previo a un dulce beso; espigas agitadas por el viento; un gorrión yerto entre adoquines; un vello puesto en pie, por la sorpresa de la brisa del estío; una lengua rebañando el chocolate de sus labios; el silbido de proyectiles; el crepitar del fuego, luchando por sobrevivirle al aire; un caer en un abrazo.

Súbitos atropellos de una mente ajada, sacudida sutilmente por el leve zurrir de una puerta. Media estancia se ilumina acompañada de una joven, que conduce sigilosa una bandeja entre sus manos.

-Te traigo un te con unas pastas, que no has comido nada en todo el día.

Tras un momento de duda, ante la absoluta ausencia de reacción por parte de quien contempla impasible la ventana, piensa, o quizá dice en voz alta:

-Pobre tío. Desde aquello, ya no es el mismo. Siempre sentado; sumido en sus pensamientos. Por la que está cayendo, seguro que se acuerda de la primavera.

Tal como vino, sin alterar la paz del cuarto, abandona tras de sí ese rincón oculto al mundo, girando con cuidado el pomo que la devuelve a la realidad.
Como un susurro en medio de una tormenta de arena, alcanzan aquellas últimas palabras el maltrecho espíritu allí sedente, para señalar, con una leve dilatación en sus pupilas, el camino por el cual, este ser vacío de alma, que no de corazón, desearía huir.
"Recuerdo la primavera. Mi primavera".