En el tejado

En el tejado

viernes, 30 de mayo de 2014

La niña del vestido azul

De mi juventud recuerdo, con claridad meridiana, el día en que conocí a la que habría de convertirse a la postre en mi esposa, la mujer de mis sueños. Desde pequeño, los domingos se convertían en todo un ritual, y no solamente por la connotación religiosa del día en cuestión, como así lo marcaba la ferviente fe anglicana de mis padres, tan arraigada en ellos que resultaba indivisible de sus quehaceres diarios. Detestaba sinceramente el momento vergonzante en que mi servicial madre me enfundaba en los impecables leotardos blancos de algodón, prácticamente cosidos al estrecho pantalón burdeos, para después abotonarme cuidadosamente en sentido ascendente la levita a juego, tras encorsetarme en la camisa beige apagado. Ese era “el Día del Señor”. Meticuloso y apolillado desde mi más tierna infancia. Pero lo peor, sin el menor género de duda, era ese momento sacrosanto en que atravesábamos los portones de la Christ Church, la iglesia anglicana a la que acudíamos a la oración. El olor a rancio en la madera del dintel era manifiesto. No lo decía yo, es que era la comidilla general de las viudas cuando hacían lo propio, cuestionando a dónde iban a parar los fondos que recibía el pastor. Si ese tufillo impregnaba el aire, el complemento perfecto para engalanar definitivamente el ambiente de la iglesia era el crujir de los tablones de los bancos en el momento en que los feligreses se dignaban a depositar sus excelsos traseros en ellos. Una ópera que no estaba completa hasta que el reverendo iniciaba su prédica. Si he de ser sincero, esa era la única fase de deleite que me ofrecía la hora y media de tan armónica ceremonia. Todos aquellos personajes bíblicos, tan cercanos a mis héroes de la literatura, lograban trasladarme desde aquel vetusto santuario a mi pequeño rincón del mundo; una buhardilla cuyo único adorno para complementar el lecho no pasaba de un pequeño armario y una estantería de cuatro baldas en que se acumulaban unos pocos tomos. Mucho más no me podía permitir, dada la condición de mi familia, que sólo podía aparentar pertenecer a la High Society, sin ser de dicho estamento realmente. Pero a pesar de la necesidad, los escasos peniques que iba consiguiendo los invertía bien para ese pequeño vicio que afloraba en mí, ya desde los diez años. Esas cuatro paredes frías y repletas de humedades eran mi jardín secreto. No era un chico muy sociable, por lo que los libros supusieron una tremenda compañía para mí. Gracias a ellos, igual me mudaba a la piel del rey Arturo, que a las melenas de Ivanhoe. Pues bien, las filípicas dominicales del padre Liddell, a su manera, con la verbigracia de que hacía gala, conducían a un efecto similar al de los libros en mi mente. Me trasladaba a orillas del Mar Rojo, báculo en mano, cual magnánimo y poderoso Moisés. O me veía a mí mismo avisando al faraón de Egipto de los malos augurios que sus propios sueños le revelaban. Esa capacidad tenía el párroco para hacer volar mi imaginación.

Al concluir su homilía, la alegría era doble: volvía a la realidad desde mi mundo de ensoñación y, tras las felicitaciones y saludos de rigor, emprendíamos el camino a casa. Lo malo era lo cíclico del asunto. Nada cambiaba, sólo una tónica constante. Ese eterno retorno convertía esos días de descanso en una interminable agonía. El humo londinense, que iba siendo habitual en ese año 1864, se hacía todavía más pesado en esas jornadas, aun cuando las fábricas funcionaban a medio gas. Todo cambiaría, sin embargo, cuando Ella irrumpió en escena. Mi padre, como dije, por su irreductible fe, guardaba una extraordinaria relación con la cúpula de nuestra iglesia. No resultaba raro que el deán acudiera a tomar el té alguna que otra vez a nuestra casa. Sus modales exquisitos hacían que gozase de las simpatías de todo el mundo en la comunidad, pero daba la impresión de que nuestra familia despertaba en él más confianza que ninguna. Sólo así se entiende tanta asiduidad en sus reuniones privadas con nosotros, a las que siempre acudía acompañado de su esposa. En una de ellas, poco después de mi decimotercer cumpleaños, el matrimonio Liddell vino a casa acompañado de sus tres hijas. Lorina, una chica desgarbada de quince años, cuyo refinamiento (propio de su edad) superaba marcadamente el ridículo. Edith, que a punto de alcanzar los ocho años, aparentaba un par menos, por culpa de su aspecto raquítico y enfermizo. Incluso su estatura era demasiado reducida. Pero quien realmente me llamó la atención, desde el momento en que la vi aparecer detrás de su padre, fue Alice. Sólo era un año menor que yo y su aspecto no tenía nada que ver con el de sus hermanas. Para empezar, ella tenía el cabello color azabache, a diferencia del rubio que lucían las otras dos, a tono con unos ojos que expresaban un gesto despierto y misterioso a la par que atrayente. Pero ese negro imponente, contrastaba con la ropa; la suya propia y la de aquellas. Lucía un vestido color celeste, muy bonito, que contrastaba con el ocre que cubría a sus compañeras. No era su belleza lo que más deslumbraba. Más bien al contrario, puesto que Lorina con sus tonterías y Edith con su extrema delgadez, superaban tremendamente a Alice en lo que a rasgos se refiere. Ella era diferente. No sé si ese entrecejo curioso o el halo enigmático que la envolvía, pero ninguna niña de mi edad que hubiese podido cruzarme antes despertaba tanta curiosidad en mí.

En un primer momento, compartimos con los adultos un instante de dispersión en el salón. Tras las debidas presentaciones, la listilla de Lorina insinuó, medio a sabiendas de que estaba resultando impertinente, burlonamente, que su hermana mediana iba a ser protagonista de un cuento. La expresión de cólera en la chiquilla fue más que evidente, a lo cual, el reverendo estalló en una carcajada para restarle hierro al asunto. Aseguró que se trataba de una idea que llevaba rondando la cabeza de un amigo suyo desde hacía algún tiempo. Aquella aseveración no hizo sino acrecentar aún más mi deseo por saber de Alice. El predicador aseguraba que su amigo Charles Dodgson sentía mucho aprecio por la niña y que, como si de un juego se tratase, había ideado una historieta infantil inspirada en ella; por lo visto era un hombre con mucha imaginación. Entre el jolgorio, mi padre mencionó mi afición por la lectura y me instó a que me llevase a las hijas del señor Liddell a enseñarles mi particular “biblioteca”. Pese al rubor del primer momento, accedí finalmente, impulsado por lo que parecía una sonrisa que tímidamente esbozaba la musa del amigo de mi invitado. Una vez en el dormitorio, la hermana mayor, descarada como siempre, no dudó en acostarse en mi camastro con pose nerviosa. La pequeña Edith, en cambio, curioseaba mientras tanto en los estantes. Fue entonces cuando Alice se dignó a hablar, alabando los títulos de mi humilde colección, ansiosa por saber si había sido capaz de leerlos todos. Se detuvo en uno en concreto. Era Las aventuras de Robin Hood, de Walter Scott. Tras un suspiro, confesó que ese era uno de los pocos ejemplares que había podido leer en su corta vida, y que soñaba con vivir grandes aventuras, sin importarle el peligro. Tal afirmación me hizo caer en la cuenta, por coincidencia en gustos, ya que también aquella era mi historia favorita, de que esta doncella de pelo corto estaba conmigo en esta tarde porque habría de depararme grandes sorpresas.

La más inmediata, habría de llevármela justo después de delatarme. Yo no quería ser simplemente aquel ladronzuelo, sino cualquier personaje de cuento que me hiciera experimentar grandes desafíos, como parecía que le iba a ocurrir a ella gracias al tal Dodgson. Acto seguido y, tras meditarlo un instante, buscó en un bolsillo asido a la falda que llevaba, hasta sacar de él un reloj. Por la peculiaridad del mismo, deduje que no era suyo; hecho que debió reflejarse en mi cara. Tras un silencio más prolongado de lo esperado, sonrió, tomó mi mano y depositó en ella la cadena. Me miró fijamente, con un gesto de complicidad que me dejó definitivamente rendido a sus pies y me lanzó la gran pregunta que fijaría nuestros destinos para siempre. “¿Te gustaría vivir aventuras conmigo?”.

Ante esto, asentí sin dudarlo. Me habló de la importancia del reloj para su dueño y me invitó a salir en su busca para devolvérselo. Me disponía a correr junto a ella, sin miedo a lo desconocido, a cumplir con mis sueños. Nuestros sueños. Pero justo antes de atravesar el umbral, en medio de un chispazo de lucidez, aunque sin abandonar la euforia, pregunté.

“¿Y quién es el dueño del reloj?”.

Su sonrisa se acrecentó y afirmó sin el menor atisbo de duda.

“El Conejo de Pascua”...

La auténtica Alice Liddell