En el tejado

En el tejado

viernes, 2 de mayo de 2014

Fue una mañana de mayo

Fue una mañana de mayo
que me desperté sombría,
tú como todos los días
partiste hacia el mercado.

Una caricia y un beso
marcaron tu despedida;
hubieron de ser eternos,
ponerle fin a tu vida.

Garantizarnos un plato,
un techo y unos jornales,
zapatero a tus zapatos,
eso es todo lo que vales.

El sonido de los cascos
golpeando en adoquines,
anunciaba ya a los francos
y soldados marroquines.

Hasta mi lecho llegaron
los aromas de la plaza,
de cómo la saquearon,
quemando mis esperanzas.

'Ojalá hubieras huido',
en silencio repetía;
pronto llegó a mis oídos
el clamor de las vecinas.

Cuarenta noches sin tregua,
por tu ausencia te lloramos.
Muchas más duró la guerra;
muchos más muertos contamos.

Nunca os rindieron menciones,
nunca os colgaron medallas.
Las mejores intenciones,
ni siquiera mencionarlas.

Guardé con todo mi esmero
tus tirapies y escofinas,
por venerar tu recuerdo
mientras me aguante la vida.

Ahora volvió "El Deseado",
un rey burlón, que le llaman,
porque maneja el estado
como le da la real gana.

Gobierne quien nos gobierne,
nos toman por mamelucos,
tristemente nos convencen
practicando el juego sucio.

Nada cambió en nuestra España
por más que pasen los años.
Esta hembra sólo extraña
el descansar a tu lado.
Sólo espero a la guadaña
desde el triste dos de mayo.

Detalle del cuadro 'La carga de los mamelucos', de Francisco de Goya y Lucientes.