En el tejado

En el tejado

jueves, 10 de abril de 2014

Labios rojos

Anoche debí beber más de la cuenta. Así lo reflejan el hormigueo que, impertérrito, inunda infatigable las palmas de mis manos y esa jaqueca que entre extraña y familiar distorsiona el poco juicio que me va quedando.
Tras insuflar un segundo suspiro fatigoso, consigo resucitar la función de cada párpado, permitiéndome contemplar el deplorable estado de la habitación donde acabo de despertar, una vez que me acostumbro a la oscuridad reinante. Tengo manchas de vino que riegan la botonera de mi camisa en forma anárquica, fruto sin duda de algún tropiezo descuidado copa en mano. Mi cuerpo parece irremediablemente adherido al butacón sobre el que mi cuerpo se halla, como un trapo. El peso de mis miembros atenaza mi movimiento, torpe a causa de la cogorza. Incorporando la vista puedo contemplar una leña apagada desde hace días en la chimenea, papeles revueltos por todo el suelo, mobiliario volcado, algún que otro cristal roto y un tremendo desorden. Incluso hay rasguños en la madera del suelo. Mi incertidumbre está empezando a incrementarse ante lo acontecido la noche anterior, pues me planteo si la cantidad de alcohol ingerida fue capaz de inducirme a tal estado de embriaguez como para generar semejante catástrofe.
Julia y yo habíamos discutido acaloradamente; lo nuestro llevaba tiempo roto y sin visos de recuperación. Recuerdo la luna llena alumbrando la estancia. Gritos, insultos, lágrimas y puñales rasgando nuestras gargantas, pero todo dentro de la normalidad, sin el menor atisbo de violencia del uno hacia el otro. Recuerdo cómo su portazo de adiós me volteó por completo hasta dirigir mi mirada rota hacia el mueble bar, donde guardaba un Chardonnay de cinco años cuyo corcho esperaba ansioso una ocasión especial para ser compartido. Parecía que había llegado, aunque no fuese del tipo que más desease. Ahora puedo verlo tumbado en el suelo, sumergido en un mar de cristal pulverizado, culpable de extender sobre el piso una pestilencia etílica pegajosa. Había renegado repetidas veces de la vida sin ella antes de abrir la botella. No guardo ningún recuerdo más. Ni siquiera de la primera copa servida.
Me inunda ahora un irrefrenable impulso de levantarme, obviando el peso de mi cuerpo, ante la sorpresa de que acabo de cerciorarme. Mi reloj marca las 22:15. Debo llevar casi un día durmiendo. Eso ha supuesto mi ausencia del trabajo y sin capacidad física ni moral de justificarme. Me veo en la imperiosa necesidad de recomponer mis pensamientos para hacer frente a esta situación. Deambulo torpemente sobre los maltrechos restos de mi apartamento. Mi mareo es considerable, por no hablar de que al incorporarme he sentido una molestia muy dolorosa en el cuello, causada probablemente por una mala postura al dormir. Realmente no sabría concretar la duración de mi inconsciencia. Más aún cuando me di cuenta de que la persiana estaba bajada completamente, sin el menor resquicio para el paso de luz, imposibilitando discernir el discurrir del día y la noche.
Acudo a enjuagarme la cara y no puedo evitar que se me hiele la sangre, ante lo que encuentro sobre la mesa del comedor. Justo ahí, rozando el borde romo de la misma, dispuesta a precipitarse al vacío en cualquier momento desde el tapete de encaje que la adorna, la copa que había rozado mis labios está prácticamente llena del báquico elixir. Junto a ella, casi en contacto con la pared, el verde vítreo del Chardonnay trasluce casi completo el contenido intacto, huérfano sólo de la citada copa. El aturdimiento se multiplica. Todo esto me resulta inexplicable. Me invade un sudor frío por la espalda como el rocío de la madrugada recorriendo los pistilos de las flores. Mis manos están rígidas y lucen pálidas en medio de la penumbra. Necesito tranquilizarme.
Ansioso acciono el grifo del lavabo con torpeza. Hago inútiles intentos por tragar saliva, pero mi garganta parece recubierta de un cúmulo de barro. Bebo sin mesura, pero automáticamente siento inmensas arcadas. Imposible. He pasado una borrachera sin probar trago. No entiendo cómo es posible que me cueste beber y hasta salivar. Escupo una flema cuajada. Tiene sangre. Algo no va bien. El fluorescente me hace dudar de las manchas de vino en mi camisa. No consigo explicarme todo este alboroto ni mi estado físico… Pero si hay algo que realmente está a punto de devolverme a la inconsciencia, presa de un terrorífico desmayo, es comprobar atónito la completa ausencia de mi reflejo en el espejo.