En el tejado

En el tejado

martes, 29 de abril de 2014

Entre tinieblas

Me sacudió de súbito un sobresalto en mitad del sueño. Me hallaba sólo. Rodeado de una oscuridad completa. Jamás había contemplado un negro tan intenso. La ausencia de luz era absoluta. Podría decirse que incluso quemaba, atrapaba. Tanto es así, que durante largo rato quedé absorto escudriñando la nada. Mis ojos no conseguían acostumbrarse para vislumbrar imagen alguna.
Esa negrura impregnaba el aire de una humedad viscosa, perfumándolo todo de una mezcla entre vino añejo dulce y sudor. Era evidente que las paredes que rodeaban mi cuerpo aterido expulsaban algún tipo de pringue de entre las junturas del ladrillo, pues así me lo dejaban sentir las puntas hundidas de mis dedos en el muro. Tomé consciencia entonces de los fuertes dolores en mis piernas. Debía tener algún hueso roto, pues la única imagen que mi cabeza esbozaba anterior al desmayo era una torpe caída al vacío, impulsado por desconozco qué motivo o fuerza externa; cosa que me hacía entender el porqué de mi incapacitación para el movimiento. Sólo eso y el verde aceituna de tus ojos clavados en los míos, coléricos, iracundos tras nuestra última discusión, poblaba mi mente. El arrepentimiento por no hacerte caso una vez más, quizás la última tras este incidente, me asolaba. Parecía el fin. Me estaba abandonando.
Más allá de eso no importaba, nada. El dolor subía, como un fuego candente, propagándose desde las uñas de mis pies hasta arrancar de mi garganta chillidos ahogados, por cuchilladas incipientes entre mis muslos y mi coxis. La atmósfera pesaba como un mar de barro sobre mi casi inerte organismo. Comencé a cuestionarme sobre el valor de la existencia, el porvenir, la supervivencia. Todos estos conceptos carecían de sentido. Ese pozo inexpugnable parecía abocado a convertirse en una tumba improvisada para mi casi inmediato estado cadavérico. O quizás ya estaba muerto y ese era mi Hades particular. Un infinito negror sin sentido en el que pudrirse poco a poco con el paso de los siglos, padeciendo un sufrimiento perpetuo. Menuda desgracia. Quién alertara a los desdichados mortales de tamaña inmundicia una vez pasada la vida. Daría todo cuanto atesoré en mi maltrecha existencia, desperdiciada buscando quimeras posesivas, por aconsejarte. Mentiras materiales amontonadas como tesoros, mas tan valiosas como pudiera ser el polvo de la playa, que arrastrado por el mar agua adentro, no se convierten en otra cosa que infinitas partículas en suspensión que nunca jamás habrán de juntarse de nuevo.
Ojalá pudiera cruzar contigo nuevamente la mirada y decirte todo cuanto callé, aunque fuese sintetizado en un minuto por última vez. Creo que ahora sabría expresarlo como nunca, midiendo cada palabra y cada pausa, para acabar fundido entre tus brazos y quedar para siempre como un recuerdo no del todo triste, aunque acabase hecho añicos.
Con desasosiego recorría mi mente en todo momento esa imagen. Durante un buen rato, tal vez horas.
Convencido ya de mi sempiterno e inalterable destino, me resigné a contemplar de nuevo la tiniebla que me envolvía. Desconozco el tiempo transcurrido tras dejar mi mente libre de pensamientos. El caso es que, repentinamente, alteró la paz (por llamarla de algún modo) una especie de espejismo, como pensé en un primer momento. De entre la espesa oscuridad reinante, pareció asomar un pequeño punto verde en medio los sillares del muro, como un hilo de luz señalando hacia mi frente. Contrariado durante unos instantes ante lo incierto de su significado, me recompuse y lo miré con detenimiento. Pudiera ser que tras la pared algo tratase de comunicarse. Tal vez una señal me decía que debía continuar, que nada me detendría. Fue entonces cuando la lucidez volvió para quedarse. No estaba muerto. El insoportable dolor me había hecho rendirme, pensando en lo irremediable, pero mientras pudiera habría de luchar. El calvario sensitivo por el que estaba pasando me hizo comprender hasta qué punto la mente puede jugarnos malas pasadas y hacernos creer hasta lo más incierto.
Sólo podía arrastrarme, muy a duras penas, hasta el origen de dicho resplandor. Mis brazos, practicamente desfallecidos, tuvieron que recomponerse casi sin posibilidades de resistencia, pero el impulso de llegar hasta la luz era más fuerte que el mayor de los desconsuelos. Debían distar de ella unos dos metros, pero por la inoperancia de mis miembros inferiores, pasaron minutos hasta alcanzarla. Mis maltrechas uñas rascaron torpemente una espesa capa de una argamasa similar al adobe que recubría los ladrillos. La luz crecía, casi venciendo parte de la mezcla. Ese verdor me recordó a tus ojos, insufló en mí el mayor de los aires, ansioso por decirte esta vez sin miedo todo cuanto sentía, por recuperarte, por pelearte más si cabe que como hacía en esos momentos. Tal vez me esperaba el fin al otro lado, no lo descarto. Pero aquel dichoso punto que repentinamente iluminó la estancia que me aprisionaba, me había devuelto aquello que incluso puedes perder más tarde que la vida: la esperanza.