En el tejado

En el tejado

sábado, 1 de marzo de 2014

El viejo pirata

Yo era un pirata menudo
que no paraba en cubierta,
de los de pecho desnudo,
de los de mente despierta.

Un genuino corsario
de los de brazo tatuado,
no he conocido adversario
que jamás me haya engañado.

Mi melena suelto al viento
cuando resopla el levante,
y por las noches contemplo
la Luna desde el pescante.

Mi mundo eran las mareas,
mis mares la tierra firme,
mis refugios las tabernas
que me ahogan sin hundirme.

La más infame cuatrera
vino a aparecer un día,
y como andante sirena
de mi ser se adueñaría.

Yo que había derrotado
filibusteros por miles,
comprobé desconcertado
lo poco de que me sirve.

No han nacido bucaneros
que resistan a la espada,
ni al embuste traicionero
de una dulce enamorada.

Quizás fue ese olor salado
de los bucles de su pelo,
o ese brillo anacarado
justo antes de sus besos.

El caso es que por ventura
me topé con tal doncella,
salvando mis desventuras
encadenándome a ella.

Compruebo ahora perplejo
cuán poco hubiera servido,
llegar a la edad de viejo,
manco, tuerto, o tullido.

Sinceramente confieso,
sin llegar a renegado,
que aunque ahora me hallo preso,
fue sin duda tolerado,

pues más le vale al pirata
conservar bien su tesoro,
que perderlo por bravatas
ambicionando más oro.

No hay pues mayor recompensa
que a este viejo reconforte,
que la de tener contenta
a mi buena y fiel consorte.