En el tejado

En el tejado

sábado, 19 de octubre de 2013

Esta tierra es mía

El título de este post no les dirá nada a la mayoría de quienes lo lean. Como amante del cine clásico que es uno, abro la sección dedicada al Séptimo Arte en mi blog con una película que catalogaríamos de "viejuna". Tanto es así, que tiene fecha del año 1943. Estamos hablando de una época en que los alemanes, tras la invasión de Polonia, habían conquistado prácticamente toda Europa (poco más o menos como ahora) y su supremacía parecía incontestable. Tanto es así que, dos años antes, Francia había sucumbido, pasando a ser un bloque colaboracionista bajo el denominado Régimen de Vichy.
Sé que la cabra tira al monte y muchos dirán que podía ahorrarme la introducción histórica. Completamente de acuerdo, pero tratándose de una película que -por desgracia- ahora pasa sin pena ni gloria, una composición de lugar se vuelve indispensable.
Este es pues, el punto de partida del film; la entrada del ejército nazi en un pequeño pueblo francés. El protagonista, Albert Lorie (interpretado magistralmente por Charles Laughton), es uno de esos maestros de escuela que todos hemos tenido alguna vez; bonachón hasta decir que es rematadamente bobalicón. Uno de esos que divagaba en sus explicaciones y convivía ya a fuerza de cotidianidad con los sinsabores que provocan las burlas de sus propios alumnos. En su caso, Lorie es una persona que vive acompañado de su madre, sustento principal del santo y seña de su conducta: el miedo. Le teme a todo, sugestionado por su compañera: a los resfriados, las infecciones, la guerra, y hasta a algo de lo que nadie debería tener miedo, como es el amor. Delirio, podríamos decir, es lo que siente por la también maestra Señorita Martin (Maureen O'Hara). Albert sufre en silencio la agonía de convivir junto al ser amado, consciente de la imposibilidad de ser correspondido por culpa de convenciones atemporales como la edad o el físico. Todo esto inmerso en el ambiente bélico referido. Sin embargo, este anti-héroe será capaz de desafiar a la ley marcial hasta sus últimas consecuencias a raíz de un atentado por parte de la resistencia en el que nada tuvo que ver.

Esta película de Jean Renoir supone una apología de la libertad y el honor, difícilmente imaginable con un personaje como el descrito protagonizándola, que demuestra después de su visionado, que lo impensable sería haberla realizado sin él. Charles Laughton nos obsequia con una interpretación soberbia y con unos de esos monólogos que hacen grande al cine. Si no se oye hablar de ella es por una razón muy simple, con la que -de paso- pretendo concluir la presentación de este film. Da que pensar.
Este metraje permite despertar conciencias de cara a materias cruciales y que están muy a la orden del día. Me quedo con una frase pronunciada por el protagonista: "No sólo se debe luchar contra el hambre y la tiranía; hemos de luchar primero contra nosotros mismos". Esta es la mejor lección que puede enseñar un maestro -y más como éste- en un contexto como el descrito para la ambientación del guión. Entendemos pues que proclamas como esta no sean defendidas y ensalzadas por quienes en estos tiempos, ya tan lejanos a 1943, nos tienen prácticamente igual de subyugados que los alemanes de la película -sin pertenecer necesariamente a esa nacionalidad-. Por ende, la no obligatoria -y necesaria- visión de cintas como esta en forma masiva, o al menos el estudio de la Declaración Universal de Derechos Humanos, es perfectamente comprensible, porque no interesa, como se dice en mi tierra, que la gente saque 'los pies del tiesto'.
Aconsejo a todos aquellos que lean este artículo, simplemente que, si tienen tiempo, acometan dos sencillas tareas: la primera, ver la película, que pienso que no tiene desperdicio, aunque sólo sea por su personaje principal; la segunda, aunque más compleja, reflexionar.