En el tejado

En el tejado

jueves, 25 de abril de 2013

A la sombra de la checa

“Si te dijera amor mío que temo a la madrugada
No sé qué estrellas son estas, que hieren como amenazas
Ni sé que sangra la luna al filo de su guadaña
Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga
Quiero que no me abandones amor mío al alba...”

(Luis Eduardo Aute, “Al alba”)

En la fría madrugada del 20 de abril de 1963, ante el pelotón de fusilamiento, como si del mismo Aureliano Buendía[ii] se tratase, Julián Grimau García debió ver pasar por su mente, instantes antes de su fatídico final, un compendio de imágenes que aspiramos a saber reseñar en el presente artículo. Las luces y las sombras marcaron la vida de este personaje, sin duda controvertido, del que pasamos a hablar, relatando fundamentalmente el hecho que le hizo saltar a la luz pública de una manera más destacada.

El sudor corría por la espalda de Grimau tanto o más que el rocío que desfilaba por los cañones de los fusiles de quienes habrían de ejercer de verdugos aquella noche, fiel reflejo del tormento que debía atravesarles de cabo a rabo.
El reo, esposado y aislado en un pequeño recodo del patio donde se iba a ejecutar la pena, esperaba impaciente pero con entereza la aproximación de quien le preparaba para el castigo último. Cuentan los pocos testigos del grotesco espectáculo que presenciarían en pocos instantes que, con la cabeza alta, Julián hizo flaquear al joven oficial que iba a inmovilizarle cuando le exigió que no le vendara los ojos porque siendo comunista declarado, estaba acostumbrado a mirar de frente a la muerte y no iba a ser distinto en esta ocasión[iii].
En el preciso instante del restallar de los fusiles, debieron clavarse en la frente de Grimau sus primeros llantos al venir al mundo, en el número 14 del madrileño Paseo del Rey. Llegó con las tres heridas de otro destacado republicano, Miguel Hernández[iv]. Allí pasó su niñez, jugando próximo a las vías del tren, a las que acudiría en más de una ocasión a recoger algún que otro balón extraviado. Así transitó por la mocedad, alternando juegos con pillerías a las muchachas, a medio camino entre la capital y la localidad segoviana de Cantalejo, de donde era oriundo su abuelo, respetado médico y alcalde de la misma.
Poco tiempo después de alcanzar las veinte primaveras, en la Historia de España acontecería un hecho que habría de marcar el devenir de su existencia, igual que a otros muchos españoles, hasta su fin mismo, pese a llegar muy a posteriori. El 12 de abril de 1931, los -hasta entonces en minoría- partidos republicanos alcanzaban amplias mayorías en casi todas las capitales de provincia, en las elecciones municipales celebradas en dicha fecha. La consecuente proclamación de la II República, abría las puertas a las esperanzas de una clase obrera hastiada de siglos de sumisión. Las simpatías de Grimau hacia el nuevo régimen se hicieron patentes con su militancia en el principal partido del momento, Izquierda Republicana, pero su presencia en la esfera política resultó nula. Sin embargo, fue durante la tan lamentable Guerra Civil cuando su destino quedaría triste e irremediablemente marcado. En dicha contienda, formando parte de la escasa base política con que contaba el Partido Comunista de España (PCE) -por aquellos momentos, aunque posteriormente se incrementase sobremanera-, al que se afilió en octubre de 1936, fue enviado a Barcelona, donde desempeñó labores policiales. Fueron estas precisamente las que supusieron para su persona, por un lado, la condena franquista y, por otro, el odio y el rechazo de los sectores más revolucionarios de la izquierda. Nadie esconde hoy en día que las “checas”[v] resultaron ser básicamente centros de represión y castigo para con los rehenes del Bando Nacional. Que Julián Grimau dirigiera esta clase de acciones o fuese partícipe de ellas, no parece demostrable con la documentación existente al respecto, de origen filo-franquista. Tampoco así las acusaciones vertidas contra él por los anarquistas de colaborar activamente en la represión contra el POUM[vi]. En estos puntos, su figura arroja un mayor número de interrogantes y neblinas.
Una vez finalizado el conflicto en 1939, como sucedió con la mayor parte de supervivientes del ejército republicano, el exilio resultó ser la única salida. Distintos países de Latinoamérica y posteriormente Francia se encargarían de acogerle. Desde allí, la cúpula del PCE se reunió en repetidas ocasiones, planeando la mejor manera de insertar un foco claro de oposición clandestina en la más que asentada dictadura franquista. Los malogrados intentos de rebelión, perpetrados desde el Valle de Arán, y el aciago destino con que se encontraron los maquis (poco menos que abandonados a su suerte), impulsaron aún más esta vía. El consejo celebrado en Praga en 1954, le designó miembro del Comité Central del partido. Sería nombrado en 1959, habiendo entrado en España “por la puerta de atrás”, director de aquél 'en el interior'. Las persianas bajas, la luz de los quinqués y los progresos en lenguaje en clave no bastarían para pasar desapercibido de vuelta a casa. El aparato policial del caudillo buscó incansablemente el paradero de Grimau desde que se tuvo noticia de su rentrée en la península. Una noche del noviembre del año 1962, a bordo de un autobús urbano, dos guardias de paisano, camuflados en el mismo, le dieron caza a René Paul[vii]. Sólo el propio reo, los agentes y el conductor compartían viaje, con lo que no resulta complicado concluir que le habían delatado.
El “trato exquisito” que le dispensaron una vez llegados a la DGS, sita en la antigua Casa de Correos de Madrid (cuyo reloj corona su parte más alta y nos sirve para celebrar cada fin de año desde la Puerta del Sol; por hacer una composición de lugar), alternó diversos tipos de torturas, de entre las que destacaríamos, sin duda, la defenestración desde una ventana del segundo piso del edificio mencionado. Cuando arrastraron el maltrecho cuerpo de Julián nuevamente a las cámaras de martirio, el balance de su caída era de importantes fracturas en muñecas y cráneo[viii].
El seguimiento del proceso transcurrió entre protestas y condenas dentro y fuera de España. El juicio sumario, como tantos otros del Generalísimo, desembocaría en la ya más que presupuesta pena capital. Se le acusó de crímenes de rebelión militar por todo lo relacionado con la Guerra Civil. Se encargó de su defensa el teniente Alejandro Rebollo, mientras que la fiscalía era presidida por Manuel Fernández Martín, cuyos conocimientos en Derecho, según parece, eran de muy dudosa procedencia, ya que su único talento residía en los méritos de su carrera castrense. Era en definitiva un juicio que, de haberse probado realmente la culpabilidad del acusado, presentaba unos delitos ya prescritos, después de un cuarto de siglo de haberse cometido. Desde antes de que comenzase la vista (el 18 de abril de 1963), fueron innumerables las concentraciones en contra. Las voces estaban prácticamente consumidas dentro de nuestras fronteras, pero la oposición en el exilio se unió con el fin de pedir clemencia para Grimau. La prensa internacional se hizo eco del proceso. Grandes personalidades mundiales de la cultura y la política exigían a Franco el perdón. Incluso surgieron discrepancias dentro del Consejo de Ministros, apoyadas en la cordura y amparándose en el Tribunal de Orden Público (TOP)[ix], cuya creación estaba a punto de consumarse.
Todo fue en vano. El dictador, cual Julio César, había decretado “la suerte echada” del preso. Su mano de hierro, como si de plomo se tratase, golpeó implacable la mesa del caso. El tribunal militar dictó una sentencia contundente: muerte para el reo. Rebollo poco (o nada) pudo hacer por Grimau, quien pasó las últimas horas antes del fusilamiento en el cuartel de Campamento en Madrid.
Parece ser que había curtido de tal manera a Julián toda la experiencia vivida, que hicieron falta veintisiete balazos y dos tiros de gracia para que sucumbiera. Sin duda un triste final, marcado por estos recuerdos. Fue el último condenado a muerte so pretexto de la guerra fraternal acontecida casi tres décadas antes. Llegarían otros más en años venideros hasta el sepelio del que fuera en su momento general más joven de Europa.
Podría decirse que esta ejecución trajo consigo dos consecuencias destacadas: por un lado, el resurgimiento de la oposición tanto dentro como fuera (aunque más notoria esta última, por los esfuerzos de la propaganda franquista por silenciar aquella), y por otro lado, estrechamente relacionada, mella en la imagen del régimen.
Con la vuelta de la democracia, la figura de Grimau volvió a salir a la luz desde distintos ángulos. El PCE, aunque sin grandes alardes y procurando no herir susceptibilidades durante la Transición, le rindió diversos homenajes. Incluso internacionalmente se han cedido calles que portan su nombre. La Ley para la Recuperación de la Memoria Histórica ha intentado (lo cual no es sinónimo de 'conseguido') tratar correctamente casos como este. La derecha siempre ha intentado obviar sus vínculos, más o menos estrechos, con el franquismo. Por su parte, la izquierda más revolucionaria no perdona el comunismo exacerbado de Grimau.
Cabría decir, ante todo lo descrito, que si bien no estuvo (ni está) probada la culpabilidad de los hechos imputados en su proceso, tampoco podemos asegurar que la conducta de este personaje fuese ejemplar. Los testimonios están ahí, y lejos de fiarnos plenamente de ellos, de lo que no cabe duda es de que un panorama bélico, como el que marcó el trienio 1936-1939, no ha sido nunca propicio para el respeto a los Derechos Humanos, ni el más acorde con la conciencia democrática de la que, por suerte, gozamos hoy en día un poco más (aunque no vendría mal desempolvarla un poco y acordarnos de ella). Por lo tanto, tampoco es descartable que Julián llegase a violarlos.
El caso es que, probablemente, sólo los más mayores se acuerdan de esta condena, a todas vistas sanguinaria y reprochable a su vez, contra un hombre que luchó durante, y después de, nuestra tan detestable guerra civil, por defender, a su manera, sus ideales de libertad. Aquella riña entre hermanos trajo consigo cuarenta años de represión de los que, aún hoy, nos queda algún que otro dolor de cabeza. He aquí el motivo de este peculiar memorándum (que no homenaje) hacia Julián Grimau en el centenario de su nacimiento; nunca debemos olvidar la importancia de la Historia, ya que sólo la “amnesia” nos lleva a repetir los mismos errores, y eso, en nuestro caso, ya nos ha costado muy caro.


Bibliografía consultada

CASTELLÓ, José Emilio: España: siglo XX, 1939-1978. Anaya. Madrid. 1988.

CIERVA, Ricardo de la: Historia esencial de la guerra civil española. Fénix. Madridejos. 1996.

FERNÁNDEZ, Antonio: Historia del mundo contemporáneo. Vicens Vives. Barcelona. 1986.

MORADIELLOS, Enrique: La España de Franco (1939-1975): política y sociedad. Síntesis. Madrid. 2000.

TUSELL, J.: La Dictadura de Franco. Madrid. 1988.

VILAR, S.: Historia del antifranquismo 1939-1975. Barcelona. 1984.

YLLÁN CALDERÓN, Esperanza: El Franquismo. Madrid. Marenostrum. 2006.

Enlaces web

Francisco Fuentenebro Zamarro:
http://www.aytocantalejo.es/descargas/programaCantalejo09.pdf (pp. 22-25, texto publicado en agosto de 2009).

Otras fuentes de interés

Comunicación de la aprobación con modificaciones por la Comisión Constitucional de la moción suscrita por el GRUPO PARLAMENTARIO MIXTO por la que se insta al Gobierno a proceder a la rehabilitación ciudadana y democrática de la figura de D. Julián Grimau, víctima de la represión franquista (661/000326) (Página 23)  BOLETÍN OFICIAL DE LAS CORTES GENERALES SENADOVIII LEGISLATURASerie I: BOLETÍN GENERAL 12 de diciembre de 2006.



1: El coronel Aureliano Buendía, uno de los protagonistas de la inmortal novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
2: Parece ser que la Guardia Civil era la encargada de ejecutar a Julián Grimau, pero rehusaron, al igual que otros mandos militares. Franco se vio forzado, finalmente, a imponérselo a soldados de reemplazo, de entre los que su teniente propinó los tiros de gracia. Confesó este hecho a la familia del difunto años después, recreando incluso sus palabras, defendiendo su inocencia.
3: “La de la vida, la de la muerte y la del amor”, que a todo ser humano provocan dolor.
4: Nombre con que se conocía coloquialmente a las cárceles soviéticas, por ser especialmente represivas en la antigua Checoslovaquia, y que adoptaron los nacionales para denominar a las prisiones del bando republicano durante la guerra.
5: Siglas del Partido Obrero de Unidad Marxista, defensor de una ideología revolucionaria muy próxima al anarcosindicalismo. Esto favoreció la buena relación de esta formación con FAI y CNT. Todas ellas opuestas al progresivo aumento de influencia comunista en las decisiones del gobierno republicano. El enfrentamiento abierto entre una tendencia y otra dentro del mismo bando, resultó ser uno de los grandes puntos negros de la izquierda y una baza a favor para los fascistas. Con la ayuda enviada desde Moscú a la República, el PCE adquirió una importancia que antes no tenía, llegando a refrenar por medio de la violencia toda iniciativa contraria a sus principios, aunque fuesen de la propia izquierda. Esta actitud y la pasividad ante la misma de los mandatarios explican el rechazo posterior hacia el bolchevismo de los cenetistas.
6: Nombre clandestino de Julián Grimau.
7: La propaganda franquista hablaba de “trato exquisito” para ocultar los más que evidentes castigos que Julián Grimau padeció durante su estancia en la Dirección General de Seguridad. Se trató de vender a la opinión pública como intento de suicidio el incidente citado de tirarle por la ventana.
8: El Tribunal de Orden Público tenía como fin acabar con los juicios presididos por juntas militares. Fue aprobada su creación  el 1 de abril de 1963 pero, según afirman, por orden del generalísimo, no se autorizó su puesta en funcionamiento hasta el final del proceso, de modo que había especial interés en que no se le concediese el perdón a Grimau.